Fue un año de contrastes brutales para la provincia: mientras el proceso militar hería de muerte al corazón productivo con el cierre de los ingenios, el fútbol se convertía en el último refugio de la alegría popular.

Para Villa Alem, la Navidad de 1966 no empezó a la medianoche, sino a las siete de la tarde del 24 de diciembre. En un momento en el que el humo de las chimeneas era reemplazado por el proveniente de las protestas obreras, un grupo de jugadores terminaba de escribir una de las páginas más gloriosas de la historia del club (al menos hasta aquel momento) al vencer a Atlético en el Monumental. Seis días antes, ya habían dado el golpe ante San Martín. Fue la semana en la que Tucumán Central se adueñó de la ciudad.

El fútbol de la provincia se mantenía dividido en tres (o cuatro si se contaba a la pequeña Liga Taficeña). La Liga del Sud había tenido como campeón a Juan Manuel Terán, mientras que en la Asociación Cultural se había consagrado Fronterita y en Tafí Viejo lo había logrado Villa Mitre.

La Federación Tucumana había tenido un año complicado. A la poca concurrencia a los estadios provocada por la crisis económica y social, se sumaba la desorganización. La entidad capitalina tuvo tres torneos, pero por falta de fechas el campeonato anual terminó vacante. San Martín ganó el torneo Iniciación y Argentinos del Norte la Copa de Honor. En tanto la Copa Competencia terminó siendo la gloria reservada para Tucumán Central.

Ya entrado octubre comenzó el último certamen previsto. Los 10 equipos de la primera federacionista se medirían todos contra todos a una sola rueda.

La campaña de los del sur de la ciudad comenzó, como era costumbre, sin grandes aspiraciones. Un triunfo 2 a 0 ante Central Norte y otro 1 a 0 a Central Córdoba sembraron algún entusiasmo, que rápidamente fue aplacado por la derrota 1 a 0 frente a Argentinos del Norte. El equipo se recuperó rápidamente con una victoria por la mínima contra Sportivo Guzmán y un empate 1 a 1 con Atlético. Allí el equipo comenzó a creer.

Sobrevinieron dos goleadas; un 7 a 1 al posteriormente descendido Sportivo del Norte y un 6 a 2 frente a All Boys. El clásico contra Amalia también fue triunfo, 3 a 1, lo que le permitió llegar a la fecha final con chances. Con los dos puntos por triunfo que se otorgaba en aquella época, la tabla marcaba que San Martín mandaba con 14 unidades, mientras que Atlético y los de calle La Plata tenían 13. Y el “Rojo” tenía que enfrentar al “Santo”.

Por la importancia del partido, Villa Alem tuvo que trasladarse y hacer de local en el estadio de All Boys, más acorde para un duelo con esa convocatoria. Atlético hizo los deberes, derrotó 3 a 0 a Amalia, y esperaba. Un empate en barrio El Bosque (aunque en las crónicas de aquel tiempo se le llamaba Villa Urquiza) determinaría que debía jugarse un gran clásico para desempatar, mientras que un triunfo iba a darle automáticamente el campeonato a los de La Ciudadela. Lo que nadie esperaba era que quien forzara el partido definitorio fuera Tucumán Central. Nadie excepto esos 11 muchachos de camiseta roja.

La crónica de LA GACETA del 19 de diciembre de 1966 fue testigo del arranque arrollador del equipo de la barriada del sur. “Fueron 20 minutos brillantes para Central los primeros del tiempo inicial. Utilizando una marcación firme, fuerte, elástica y celosa, con Jalil, Castro y Ferreyra en medio juego, logró el control del match y exigió arduamente a la defensa rival, notándose 10 intervenciones continuadas de Nieva, con trabajo abundante y arriesgado”, relataba nuestro diario. “Llegó a los 19 minutos el gol de Castro, que luchó frente a Arias y luego lo hizo contra Blasco y así llegó a Nieva, batiéndolo ampliamente”.

San Martín reaccionó, pero el arquero se luciría toda la tarde: “Mansilla fue agigantándose en la custodia de su valla y sacó pelotas que parecían tener destino seguro de red”.  Para consagrarse, a los 10 del complemento le contuvo un penal a Luna. Esto agrandó al equipo de los “bomberos”, que cuatro minutos más tarde agrandaron la ventaja por medio de un zurdazo desde lejos de su gran figura Rogelio Medina. Sobre el final, Akemeier descontó para los “Santos”, pero entre Mansilla y un palo salvador lograron resistir hasta el final.

El árbitro Domingo Natucci señaló el final. Atlético 15, Tucumán Central 15, San Martín 14 y desempate a la vista.

Viernes 23 de diciembre. La finalísima estaba pactada para la noche, pero por la tarde cayó una de las tormentas más fuertes de aquel verano. Así, todo pasó para el día siguiente a las 17.

Mientras el resto de la gente organizaba la cena navideña, todo el barrio peregrinó hacia 25 de Mayo y Chile para buscar un regalo que se le había negado por 23 años.

Allí, contra el gigante en su casa, se dio la segunda parte de la hazaña. Las páginas de LA GACETA reconstruyeron aquella jornada con precisión: “Dominando Atlético sobrevino a los 24 minutos una carga aislada de los rojos que concluyó en un córner. Ejecutó Romano en forma larga y Mirra, entrando como tromba, sorprendió a los defensores ‘decanos’ para batir a Ponce con un fuerte golpe de cabeza”.

El relato destacaba además la ráfaga letal: “Dos minutos más tarde, una hábil acción de Rogelio Medina posibilitó a Romano la segunda conquista... ante una visible falla de la defensa atletiquense”. Antes del descanso, el dueño de casa logró descontar.

Atlético buscó la igualdad en el segundo tiempo con más empuje que claridad, e incluso el elenco de Villa Alem estuvo cerca del tercero de contraataque. Alberto Ramos decretó el final y se desató el festejo “rojo”.

Lo que sucedió tras el pitazo final fue una muestra de respeto que parece haber quedado en aquellos tiempos: “...inclusive los propios adictos a la divisa tantas veces campeonas de Atlético olvidaron su tristeza al verse esfumar un título y se unieron con sus aplausos a la euforia de las populares, aplaudiendo todo el Monumental de la calle 25 de Mayo al valeroso elenco de Tucumán Central”.

El festejo en el césped dejó una imagen para la posteridad. Los hinchas invadieron el campo de juego y levantaron en andas a los héroes de la jornada. En medio de ese caos de felicidad, se produjo la imagen más icónica de la tarde. LA_GACETA describió aquel momento en el que “...con el torso descubierto, como atletas de la antigua Grecia, los jóvenes futbolistas de Tucumán Central dieron la vuelta olímpica al estadio, detrás de una gran bandera roja”.

Pero la fiesta no se quedó en el Monumental. Una marea roja emprendió el regreso a La Rioja y La Plata. “...formaron los ‘rojos’ la larga caravana de autos, camiones, motocicletas y bicicletas, que se encaminó por las calles de la ciudad rumbo al refugio del popular barrio sureño”.

El equipo se recitaba de memoria: Mansilla; Gómez, Giménez, Acuña y Torga; Jalil, Castro y Ferreyra; Mirra, Rogelio Medina y Romano; dirigidos por Ramón Alberto Delgado.

Esos fueron los hombres que le regalaron a Villa Alem la Navidad más larga de su vida; el alivio necesario para que, en un Tucumán golpeado, el pueblo volviera a sonreír.